20131230

Payador del pago


Cuando entre los rayos de luz
vi los ojos
de mi primer heredero,
fruto de un gran amor entre dos,
vi más que el color y el reflejo
de un rostro ya añejo.
Vi una vida que en años
ha de tener que terminar
sin más revuelo.

Sentí pena por él al escucharlo llorar,
por saber todo lo que por sufrir
le quedaba.
Que entre perdidas y ganadas
la vida a él se le pasara.

Y si de llorar por pérdidas
me pongo a decir,
que lamentoso será que él me vea morir,
como yo vi morir a los míos.

Recordar mis viejos
nunca me ha traído a mal recuerdo,
pero si trabajo arduo y duro he de saber
a ellos les debo el conocimiento.

"Que difícil que es la vida"
repiten mis tíos en la capital
cuando se quedan sin luz y sin agua
más yo no paro de sonreír
cuando de bombear agua
y prender velas se trata.

"Cómo haces para vivir"
me preguntan con el ceño fruncido
al verme vivir sin tanto ruido,
con el aire soplando el pasto
y escuchar el correr del río.


Cuando sucumbía allá
por mis pagos,
descubrí que las mentiras
que rodeaban mi vida
no eran mas que los pilares
de ese rancho
al que llamaba pasión.
Que una vez mis rodillas
tocaron el suelo,
lo demás se vino abajo con el envión.

No es que este humilde hombre
ande de presumir sobre los bobinos,
equinos, y los pocos vecinos.
Ni sobre si el agua, el aire,
y el lugar es más tranquilo.
Cuando mucho menos
si se dice
de tener un patio infinito.

Pero si de vivir se quiere hablar
yo decido
dónde, cómo, y si vivo.


[22 de Diciembre de 2013]

Exámen


 Es anunciado su nombre, procede a entrar a esa jaula de cemento que mucho se parece a las demás. Su única manera civilizada es que permanezca sentado.

 Se venda los ojos segundos después de ver como aquellas personas con supuesta autoridad y poseedoras de poder desfundan sus armas tan sobre-valoradas y cargadas de pedancia, y empiezan a apuntar.

 Una vez ha terminado de vendarse comienza a agitarse en su organismo un cóctel de ansiedad, miedo, angustia, desesperación y alerta máxima. Atina a apretar los ojos, por lo que sabe que se viene.

 Dos disparos son impactados en su estómago, uno ha tocado una costilla. No siente dolor, pero siente como su vientre empieza a tomar tanta temperatura que arde. Tanta que empieza a dudar si es frío o calor. O si el calor se transforma en frío, o si está tan frío que ya quema.

 Sabe que es inevitable, la herida está ahora junto a las otras. Ha sobrevivido antes, pero esta vez es diferente. Esta vez lo sintió un poquito más.

 Ahora sólo le queda decidir: si comienza a respirar mejor y tratar de levantarse del piso para encontrar una salida que lo haga vivir; o si prefiere la cura rápida, esa que es como una pastilla de corto efecto, y se deja caer, en silencio, sin siquiera haber dicho sus últimas palabras.

(…)

 Se levanta, acepta dónde y cómo esta. Reconoce las balas incrustadas en su estómago y se dice “que empiece el show” con una sonrisa como auto-aliento.

 Ahora con los ojos desvendados y bien abiertos comienza a ver. Tres de las cuatro paredes, repletas de cajones. Desde el piso al alto techo, desde una esquina a otra, desde un rincón hacía los demás.

 Está buscando la receta-indicación-instrucción que le diga cómo abrir la puerta para salir al exterior y al fin curarse. A su disposición tiene un manojo repleto de llaves con las cuales inicia la búsqueda.

 Puertas y puertas de cajones son abiertas. De algunas, muy pocas indicaciones útiles encuentra. De otras nada. Descubre incluso, cosas que había pensado que no iban a estar en esos cajones, cosas que había tirado y vuelven a aparecer. Cosas que no iban en esos cajones pero por alguna razón ahí están.

 Poco a poco va intuyendo dónde podrían estar esas valiosas hojas. Se va acercando… y no, no se abren. Pasa a otras y no… no se abren tampoco. Logra abrir una pero no parece decirle más de lo mismo en otro idioma que no logra entender.

 Ve una, en la que ahora pone todas sus confianzas, sus apuestas. Algo, lo que sea, le dice que no hay forma de que no sea ese el cajón que tenga las respuestas que anda buscando. Entonces ansioso busca y busca, y ninguna llave encaja en esa hendidura. Harto busca alternativas en las que pueda al menos asemejarse. Pero no las hay, no sirven ahora.

 Vuelve a su silla, ya habiendo dejado toda la jaula repleta de papeles tirados y cajones abiertos por todos lados, como si un huracán lograse entrar ahí. Piensa y se resigna, se hace la falsa ilusión de que dio su mejor esfuerzo y al menos lo intentó. Pero bien en lo profundo su ser sabe que no es así. Sabe que prefiere creer eso antes de aceptar en su mente que no va a hacer nada por seguir.

(...)

 De repente la mente se pone en blanco por un segundo y un aliento frío y veloz entra en el organismo, se altera y sus sensaciones se despiertan. Su cuerpo, mente y alma le dicen unidos en una misma voz: no voy a dejarme morir acá.

 Su mente se acelera como si un reinicio la traiga a mejor rendimiento. La búsqueda no acabó. Vuelve a empezar, y todos los recursos de su mente y cuerpo se ponen a las órdenes del instinto de supervivencia.

 Descubre entonces, que entre esas sensaciones algo raro sintió cuando volvió a sentarse. Algo que hasta ahora no le había dado curiosidad averiguar qué era. Más precisamente lo siente cerca de él… Está en su bolsillo trasero. Se levanta con curiosidad y desentendimiento como si una descarga eléctrica lo sacudiera.

 Ha encontrado la llave, ha encontrado lo que buscaba. No duda, entonces, en correr a abrir el cajón que tenía las famosas hojas. De un golpe lo abre, sacas las hojas, las lees sin parar. Lo entiende, y más aún da cuenta de que ya lo sabía.

 Procede a abrir la puerta.
Pesada, ruidosa y trabajosa puerta. Ésta ahora está abierta, él está afuera. Y la luz que impacta en sí sana sus heridas, pero con su intensidad tan clara y destellante le daña los ojos. Le hace sentir fuego en ellos. Un dolor que a muchos les sienta mal, que una minoría tolera, y que a muy pocos le da placer.

 Él está ahí, afuera. Curado.
Ciego, pero con vida, y con la experiencia y sabiduría que de abrir una puerta conlleva.


[3 de Diciembre de 2013]

20131121

Vomitando flores


 Porque entre más digo, entre más hablo, entre  más callo.
Siento que nada de todo lo que pueda decir, alguna vez, cuando sea, va a ser suficiente para sacar esto que hay adentro.
Una vomitada por la mitad. Lo feo ahora está afuera y en partes adentro, continuando con el malestar.

 ¿Que acaso todo es en blanco y negro, y gris, quizás?
Para qué, dígame usted. Para qué seguir hablando cuando las palabras no cambian, cuando la letras se siguen organizando de la misma forma para formar la misma palabra dentro de la misma oración, dentro del mismo párrafo de éste cuento que más que un escrito ya se vuelve un discurso interminable de un emperador que ya no sabe qué decir para librarse de compromisos que nunca quiso asumir.

 ¿Es usted inteligente? ¿Se siente usted libre? ¿Quién es, en realidad, usted? ¿Oyente o lector? ¿Escritor o payador?
Sí, a vos te hablo. Y ahora que te tuteo podes prestarme atención.

 Mientras más grito al romper cada tecla que presiono con la fuerza de miles de rencores y odios que dan vueltas a mi alrededor, mientras más frunzo el ceño y clavo la mirada cuando una letra aparase en la pantalla, más me doy cuenta que las semillas del odio que escupo al hacer esto hacen crecer lindas plantas alucinógenas en el exterior. Pero siempre queda algo adentro, algo que no alcanzó a salir. Algo que ni el mayor de los talentos, ni el mejor de los teóricos, ni el más experimentado de los artistas podría  haber sacado por completo. Y es eso lo que hace mal, lo que quema por dentro, lo que se percibe como una indigestión y se experimenta como un calvario. Porque esa pequeña semilla que quedó empieza a germinar utilizando los mejores de nuestros recursos internos, y con su raíz nos va penetrando las entrañas haciéndonos gritar de la confusión sintomática.

 Pero ahora detengámonos un segundo.
¿Esto siempre fue así? ¿Qué tal si las semillas que escupimos hace un rato en realidad eran los frutos de la planta (ya árbol) invencible que siempre hemos llevado dentro y que jamás podremos desenterrar? Porque de hacerlo nos quedaríamos sin vida misma...

 El placer y el sufrir no deberían ser antónimos, sino inevitables compañeros, inseparables.
Porque esa planta que llevamos adentro de la cual nos alimentamos para vivir es exactamente el misma con la que nos vamos a envenenar, y con la cual vamos a morir.

Y quizás, eso que nos produce tanto dolor, y nos hace sentir tan próximos y cercanos a la muerte, en realidad, nos está diciendo al oído:
¿Qué tan vivo querés estar?


[12 de Octubre de 2013]

20131103

León de ciudad


… porque el día cae y la noche sube. Los aromas cálidos se apagan y la humedad de las nubes que flotan por lo bajo de esta ciudad hacen que respires agua, que te ahogues en penas inexistentes. Que no distingas entre lágrimas de nostalgia o lágrimas de dolor, respiración de suspiros, gritos de murmullos silenciosos que de a poco en tu mente suben y bajan, suben y bajan. Hasta callarse por completo y dejarte solo de nuevo, pensando en que estás ahí, sentado en el balcón del noveno piso. Dolorido del cuello por intentar mirar las estrellas. Dolorido de la vista por querer evadir las otras estrellas que están abajo, en las calles, en aquella plaza. Esas estrellas fugaces llamadas autos.

Y te creías en ese balcón el león de la selva cuando la mañana sube y miras como el movimiento humano empieza a crecer, con una taza de café en la mano y la vista ya opaca de ver siempre lo mismo.
Pero no ahora. Ahora estas de noche, en medio de tu gran selva. No hay crías que cuidar, no hay hembra que cortejar, no hay presas que atacar, no hay territorio en el cual avanzar. Entonces ¿qué haces, gran león?... ¿salís a cazar un poco de respeto o te quedas quieto esperando que un humano aparezca en tu terreno y te capture para llevarte a la ciudad donde vas a ser atormentados por todos?

León ya no es tan grande, león conoce sus colmillos pero ya no sabe qué hacer con ellos. León grita un poco, se deja caer en la tierra y mientras no deja de mirar hacia arriba, allá en lo alto un pequeño sol blanco se transforma en un espejo, en una fuente de recuerdos que jamás se han borrado de su mente.
Qué difícil ha sido todo esto para mí, se dice.

Es éste el momento donde la leona tiene que entrar en escena para acariciar con su cabeza el pecho de aquél macho, iluminando y dando un poco de calor a esa imagen tan oscura y fría, tan estancada e inmóvil en una noche que pareciera estar detenida en el tiempo. Pero no, no hay leona, no hay calor, no hay caricias, el tiempo avanza y no hay más luz que la que viene de arriba, qué solo puede ser vista en el reflejo de sus grandes ojos ahora brillosos.

León mira y mira, respira y respira. Dentro de su capital, de lunes a viernes él sabe correr, él sabe acechar. Pero los fines de semana se siente tan quieto, que sus músculos le duelen de tanta inmovilidad, de tanta labilidad. Él nunca va a estar preparado a no saber qué hacer, a no hacer.

León cierra los ojos, y piensa que ser un lobo sería lo ideal para poder aullar a más no poder a aquella blanca compañera que se distingue entre las estrellas. Pero un rugido sería desubicado, acá no hay poder, acá no hay soberanía ni imponencia. Acá hay un león... Un león quizás no tan grande, quizás no tan valiente, quizás no tan fuerte, quizás, quizás, quizás. Acá hay un león... solo como un cazador egoísta ya agotado puede estarlo. Situado en la cima, no tan cima, de un todo, tan pero tan todo, que muchas veces para él es nada.


[25 de Agosto de 2013]

20130629

Cuando de hacer se trata

¿Qué debería hacer? ¿lo bueno o lo malo?
¿Lo malo es malo?... ¿Qué es “bueno”?
 ¿Tengo que respetarte o faltarte el respeto porque quizás eso esperas de mi al decirme que te respete?

¿Qué es lo que queres? ¿Qué es lo que queres que piense que queres? ¿Qué queres que quiera de vos? ¿Qué pensas que quiero?

¿Te llamo o no te llamo? ¿Te escribo o espero a que vos lo hagas? ¿Te doy presencia en mi vida o te ignoro completamente?
¿Pretendes que te hable todo el día para que una vez alto tú autoestima dejes de hablarme?

¿Queres que todo siga igual?
¿Preferís que tome las riendas de esto que no tiene nombre porque de hecho no es nada? ¿O preferís que aparente tomar el poder para provocarte y que lo hagas vos por mí?
¿Tengo que dominarte o dejar que me domines?

¿Debería insistir y perder? ¿Debería insistir y ganar? ¿Insistir para al menos intentarlo? ¿Intentar qué? ¿Insistir para que notes mi interés? ¿O es mejor no insistir tanto para que no me creas desesperado? ¿Desesperado por qué?

¿Es necesario que te pregunte qué tengo que hacer y qué no? ¿Debería actuar y aprender a prueba y error? (¿a prueba y error?)

¿Debería callarme, calmarme y actuar? ¿No hacerte y hacerme tantas preguntas al aire y simplemente hacer lo que yo quiera? (¿lo que quiero?) ¿Hacer lo que quiero o hacer lo que vos queres? ¿O hacer lo que pienso que queres que haga?

Me callo… Me callo y lo hago.
Me acerco a vos, y lo hago… ¿Lo hago?

¡¿Qué hago?!

[23 de Junio de 2013]

20130624

¿Destino o futuro?

Como Jesús he de llevar en mi espalda
una cruz pesada, cuesta arriba
encaminado a mi destino,
a mi futuro... ¿o destino?
¿destino o futuro?

Con ésta mochila de viajero cargada de huesos,
carne en descomposición y llena de años herencia,
herencia que cada día pesa más,
que influye más, que presiona más,
me hundo en las arenas movedizas de lo incierto,
esclavizándose mi esencia a ésta cadena
ininterrumpida de la cual soy parte
y a la cual me siento con el deber de romper.

A pesar de que los años sumen
las respuestas restan,
y las preguntas cada vez se hacen mas largas.
Sin comas, sin paréntesis, sin notas al pie de página.

Aún no sabré con seguridad qué suelo pisaré,
ni si los vientos de la naturaleza ayudarán
a mi alma náufraga a encontrar tierra firme
entre tanto mar.

La montaña se ve a lo lejos,
los buitres del miedo y la duda
esperan mi derrota con ansias,
con sed de ataque veloz,
con ojos que no parpadean.

Mis pies descalzos, lastimados de pisar
una y otra vez las piedras de mis errores
no descansan
ésta no es la primera vez que sienten dolor,
mucho menos será la última.
Aquí queda mucho por hacer.

El sol que quema y mi rostro que le niega contacto
mira el suelo orgulloso de su andar,
mas no deja escapar oportunidad de alzarse en vista
a observar aquella cima a la cual pretende llegar.
Sonrío al descubrir que, nuevamente, nada hay allí.
Sonrío sincero, al saber que aquel lugar no es más
que el depósito de mis sueños más buscados,
más ingenuos y absurdos tal vez,
el lugar donde descansar de todo este andar y andar,
el lugar hacia donde mis sentimientos soplan
y mi razón dirige, y donde mi ser va a ser.



20130528

Prenda

Me tomaste por el cuello y sumergiste tu mano hacia lo profundo de mí. Tu brazo por completo me penetró, y vos… no pudiste evitar cerrar con todo el deseo y la fuerza tu puño, atrapando aquello que había ahí, a cercanías de mi esencia.
Fue entonces cuando en menos un segundo procediste sin planearlo, y levantaste tu brazo con esa mano tan aferrada a lo que sea que hayas encontrado.
Me diste vuelta por completo. Desde dentro hacia afuera, desde el interior al exterior, desde lo mío hacia lo de los demás, de mi secreto que me hacía tan especial hacia un chisme vulgar.
Transformaste éste hermoso mito en una leyenda urbana más.

[4 de Marzo de 2013]

20130518

Él no viene solo

Aquellos lugares acogedores
ahora llenos de gente,
y tan vacíos de nosotros.

Ésta ropa que parece no abrigarme,
no vestirme, me desnuda
dejando sin tierra que cubra
y mantenga sepultadas
las escenas ya muertas.

Toda ésta ropa y tu cuerpo
tan desnudo en mis recuerdos.

Los nítidos detalles de lo bueno,
la amnesia absoluta de lo malo.
Las sonrisas que siempre taparon las lágrimas,
y mi mirada que te amaba…
y la tuya que me condenaba.

Éste frío y mi mente hirviendo en nostalgia.

¿Será que el viento parece no venir solo?
Será que éste frío más que detenerme
mueve aquellas cosas inmóviles en mí.

No, nunca vino solo...

Él me hace recordarte.
Recordar lo que quería que seas para mí,
recordarte tan ideal y suficiente,
tan perfecta, auténtica y mimosa.
Tan eso que no eras.

Será que el frío siempre viene acompañado
de la soledad y de las reminiscencias,
de la presencia tan marcada de la ausencia.

Sí… vos venís con éste frío
a decirme que estoy solo,
que no tengo una cálida compañía.
Y yo no hago más que defenderme
respondiendo que así lo prefiero,
que aun así estoy mejor,
con éste frío y tu ausencia.

[16 de Mayo de 2013]

20130512

Miércoles

 Llega su fin, y la atención se dirige a aquellas cosas que habíamos logrado evadir todo el día.
 La mirada perdida no hace más que expresar la profundidad de un auto-retrato que no nos gusta para nada.
 Uno se calla mientras ve como todos los escudos que nos cubrieron durante el día se rompen, y quedamos completamente desnudos ante nosotros mismos.
 Inmersos, hundidos, perdidos en nuestro propio laberinto.



[3 de Abril de 2013]

20130505

No es

 A veces es necesario saber, que todo esto (eso), no es.

 Porque verte, no es lo mismo a que te esté mirando.
 Oler tu perfume no es oler perfume.
 Porque vernos sonreír, no es lo mismo a lo que estamos haciendo ahora… al menos yo.
 Hallar el color de tu pelo no es mirarte el pelo.
 Sentir que te necesito no es necesitarte, en absoluto.
 Hablarte al oído no es hablarte, eso nunca fue hablarte.

 Porque sentir todo esto no es sentir, es recordar.

 Ya no sos, ya no soy, y claramente ya no somos. Porque ahora soy (realmente), sos (...), fuimos.

 Ya nada es, simplemente porque no es. Porque ésto no existe, porque a la muerte tengo dejar de usarla como un recurso metafórico más. Tengo que volverla real, práctica, y salir un poco de la teoría (en la que tanto tiendo a hundirme). Para que todo esto que parece ser tan nítido, deje de serlo. No te quiero escuchar y ver en 1080p, con una sensación casi 3D. Ya basta de tanta calidad a algo tan pasado y medianamente pisado, a algo tan en vano, tan improductivo. Te quiero en 240p, sí, y sólo por si la llovizna gris de una siesta de domingo me pide un poco de nostalgia. No más, no más.

No más de esto que no es.

[27 de Agosto de 2012]

20130425

Siente el momento

    Tendré que ser sincero, pues ya no tengo otra alternativa en mente, y si la encontrase tal vez no me sea tan divertida como ésta…

    ¿Se han puesto a pensar en aquellas situaciones en las que la mirada de uno no puede apartarse de esa persona completamente extraña que  camina cerca nuestro? Me refiero a cuando ella aparece. Salida de la nada. Tan fresca y despreocupada como nunca. Aparece, ante mí, para ensordecer mis oídos, callar mi boca y controlar mi caminar. Ella solo quiere mi mirada. La quiere sin quererla, la manipula sin teoría ni práctica, y lo que más impotencia me da, es que la tiene sin saber que la tiene... Para ser claro: ella no hace nada. O sí, quizás ella sigue siendo ella y la causa de mi excitación es sentirme provocado a dejar de ser yo, para ser lo que ella quiera. Para tenerla al fín.
    Embriagado en imágenes y pensares, no paro de caminar a su lado. Tendría que haber doblado hace ya dos cuadras y siento que eso poco me importa. Porque es esto lo que me encanta, lo que me deja tan paralizadamente móvil, tan fríamente cálido. Tan solamente acompañado. Son éstas situaciones las que me hacen sonar una y otra vez lo que mi madre hace mucho me dijo: Yo me enamoro todos los días.
 
  Estoy caminando con ella porque es la situación, el ahora, el lugar, y ese tercer parámetro que no puedo encontrar. Más allá de su esbelto cuerpo, de su joven mirada y de esa independencia que como mujer irradia para advertir que no es presa de nadie, es el momento el que me enamora. Bien sé que esto me ha sucedido antes y aún más sé, atreviéndome a apostar mi vida en ello, que me volverá a suceder, otra y otra vez. Porque ¿van a ser francos ustedes si les hago afirmar que no han sentido amor, o esa atrapante intensidad tal vez, por aquella joven que captura nuestra atención desde que se subió al colectivo hasta que, desgraciadamente para nosotros, tuvo que bajarse y apartarse de nuestra realidad fantástica? ¿o qué me dicen de esa que al caminar se nos cruza en sentido contrario y nos produce un giro tan violento e indisimulado como si fuera ella misma la que nos cachetea la cara y todo el cuerpo para hacernos saber que está ahí? ¿Van a decirme ustedes que el amor se mide en el tiempo? ¿En la duración de una relación? ¿En que ella sea tan parecida a mí? ¿En que el sentir nos parezca perfectamente mutuo? Quiero decir, ¿van a seguir diciendo que el amor es de tal y tal forma? A mi pesar debo aceptar que esto se ha hecho mundial ¿Cuánto nos costará, ¡humanos!, darnos cuenta de que el amor es tan subjetivo como la vida misma? Es por eso que veo la vida en el movimiento, en el acto de vivir, del vivir. Una vida sin acción es como un instrumento musical callado, un simple mueble decorativo que sólo es tocado para ser limpiado. Diferente me es el amor, que se puede percibir su esencia en la calma y en la acción, en su pasividad y actividad. Desde la fantasía hasta la realidad trágica. Porque cuando es, es. Y si lo es, lo es en todas sus formas. Supongo entonces que es por ello que no encuentro más amor que en el amor mismo, sin cuestionarlo, sin mirarlo desde afuera, sin razonarlo. Por favor, ¡no racionalicemos el sentir! Eso sería tan útil como ponerle un nombre al sabor del agua. ¡Basta de buscar una explicación a todo! Las mejores sensaciones que alguna vez hayamos sentido no la tienen, y por su naturaleza nunca la tendrán. No son necesarias.
    Sigo caminando, y en mi cara tan relajada se tensa una sonrisa que va a calmar la velocidad de mis pasos. Descubro así, otra vez, que verdaderamente ella, la belleza con piernas y mente que camina delante de mí, no es más que un ingrediente, un elemento importante, pero una parte al fin, de esto de lo que en realidad estoy enamorado, de los momentos. Estoy enamorado de ellos, de su energía única e irrepetible. Esa intensidad que advierto en ellos no la he de hallar en nada, por más que me esfuerce en su búsqueda. Definitivamente no hay nada que se les parezca. Son únicos, simplemente porque son. Suceden de una vez y para siempre, no hay más registro de ellos que su pobre recuerdo. No son personas, no son animales, no son objetos, no son nada material. Ellos son libres. No hay forma de apoderarse de ellos, no hay forma de retenerlos para que duren más. No hay forma más adecuada de transitarlos que vivirlos, y sentirse en plenitud con ellos, en armonía con lo que está siendo, y que pronto ya no será.
    Me detengo y dejo que ella se aleje mientras sigo sonriendo. La dejo… La dejo porque ya lo he disfrutado, ya he sentido todo lo que el momento me propuso que sienta. He cumplido con él, y él ha cumplido conmigo, me ha dado esas sensaciones tan agradables que ya empezaba a extrañar.
    Le digo mentalmente “Adios” “No sé quién sos, de dónde venis, a dónde vas o qué te gusta… pero la he pasado bien a tu lado.”
    Aparto la mirada y retomo mi camino. Me dispongo a volver a mi vida sin decirle a su imagen “espero que algún día el mundo nos vuelva a juntar”. Porque no, mi querida, no hay necesidad de una segunda vez, esto es único e irrepetible, y así debe ser. Tampoco diré que esperaré hasta que otro momento se apodere de mí. Yo no lo espero, él es el que está latente, esperando tener las condiciones para aparecer y conquistarme.

    No hay mayor amor que el que se encuentra en las calles, aquel que se encuentra sin ser buscado. Aquel que dura, lo que dura un momento.

20130210

Pequeño hombre

 Dentro de aquél pasear nocturno hallé sin buscar a aquél joven que había visto pocas veces con anterioridad. Se notaba tan confundido entre sus pensares que podía sentirse a distancia el tormento y los insultos de los Por qué, tan repetitivos e intensos, que en él se agitaban. Su espalda y rostro encorvaban su postura. Tarea dificultosa fue lograr percibir el tono rojizo que teñía su cara por el lagrimear salado. Lo vi tan afligido entre lo que debía, quería y sentía en ese momento. Aquel joven estaba luchando consigo mismo, debatiendo sobre si llegaría a algún acuerdo siquiera entre sus partes. La magnitud de su batalla sumada a la impotencia que en mí empezaba a crecer consiguió que mis ojos se encadenen a tan familiar escena... Pero luego, y después de que haya tragado un poco de saliva, un temblor en mis pupilas que no cesaban de brillar me empujó a decirle algo, lo que sea, sin redactarlo con anticipación y sin importar quién sea yo. No podía callarme:

 “Sécate esas lágrimas, y levanta la mirada… No te aflijas, pequeño hombre, porque entre tus idas y vueltas descubrirás que existen muy pocas certezas, y ni siquiera ellas serán duraderas. Sólo deja de buscarlas, ellas no quieren ser debeladas, y muchas otras aparecerán por sí solas.
Ama la libertad, y haz todo por ella. Haz que tu entorno fluya, y siente por sobre todo.
No temas al dolor, él vendrá quieras o no, tan oportuno como una tormenta en verano.
 Sé feliz, joven y audaz. Sé fuerte. Recuerda que crecer implica esfuerzo, sudor y lágrimas. Pero te recompensará al final con gran satisfacción. Cada paso que des hacia adelante, no lo regreses, no te quedes quieto. Nunca te quedes quieto. Y por ningún motivo mires atrás… Sé valiente.”

 El joven no había dirigido ni por un segundo sus ojos hacia mí durante el pronunciar de aquellas palabras que había conseguido sacar sin siquiera respirar. Sólo cuando el silencio anunció que había terminado, me miró. Secó sus lágrimas con el puño de su campera mientras dejaba caer la capucha que cubría su cabeza. Se puso de pié frente a mí y me observó detenidamente. Fue entonces cuando una sensación mágica nos dominó a ambos, la certeza que la acompañaba nos relató en imágenes un pequeño y fugaz resumen de la vida del otro que hasta el día de hoy consigo recordar.

 Logré interpretar una mueca que quizás pudo ser una sonrisa. Sentí su agradecimiento de inmediato, y lo vi alejarse con pasos lentos pero que de a poco iban adquiriendo firmeza. Caminó, y mientras sacaba las manos de sus bolsillos noté que no se había tomado la molestia de mirar hacia atrás. Sonreí deseándole suerte.

 Decidí esperar. Quería que en mi mente quede registrado dicho acontecer, el verlo desaparecer en su caminar sobre aquellas calles iluminadas por el matiz tenue del comienzo de un amanecer invernal.

 Me senté donde él había estado… y me fue inevitable: las lágrimas vinieron a mí.

[1º de Enero de 2013]

20130107

Fantasmas del fantasear


 Tantas fantasías flotando, disfrazándose unas de otras. Bailando semi-desnudas, regalando besos y abrazos carentes de oxígeno en una tarde de domingo, en ésta habitación, con la ventana abierta y el sol iluminándole la mitad de sus caras y pies.
 Llenas de piel, piel y más piel. Pálidas como las teclas de un piano sin estrenar. Pálidas como mis visiones ante el mundo.
 Desbordan fatalidad y tragedia, ellas son responsables de la maldición de la superficialidad. Inherentes, agobiantes, y bellas esculturas de la naturaleza en pleno auge de su desarrollo. Están llenas de juventud, de plenitud. Atraen y emanan placer por hasta el más desconocido milímetro de su cuerpo.

 Ustedes llevan a un hombre al desalojo de sí, a la pérdida de su identidad, cegando y apartándolo de las escasas delicias que de la realidad puede obtener. Su radiante y aparente perfección genera una la desorbitación de órganos. Uno no tiene opción.

 Ellas son el placer en las sensaciones del tacto, en la destreza de aquél delicado baile que sea hace esperar tanto para durar tan poco, logrando al finalizar que el público no recuerde más que el telón y sus detalles. Su ser no está más que en la acción, en la inquietud, en la ansiedad y la adrenalina de la incertidumbre, que despabilada a las tres de la mañana de un sábado susurra a gritos una imperiosa necesidad insatisfacible.

 No son más que imágenes, cuerpos, risas y cócteles adolescentes que al otro día dejan un dolor de cabeza. Estúpidas ustedes, estúpido el hombre por dejar atraparse, y buscarlo también. Malditas, malditas fantasías. Son tan audaces para convencer a uno del “qué sería de mí sin ustedes”. Cuando ustedes no serían nada sin ese uno. Justamente es eso… y eso es lo que son. Invenciones. Productos de un hombre atrapado en sí mismo, retorciéndose en su espiral. Que no para de construir y decorar su propia jaula para no ver lo que realmente se ve, y ver lo que realmente quiere.

 ¿Pero qué he decir? Soy un hombre lleno de fantasías. Desbordado desde dentro hacia afuera.
Las percepciones alteradas, excitadas, desinhibidas, andantes y un tanto distantes, no consiguen hallar coherencia dentro de mí. Y aunque lo usual sería que regresen hasta ganar su anonimato y conseguir desaparecer, ellas no se prohíben manipularme a su parecer.
 Sudo por cada uno de mis poros el deseo del placer ausente, presente solo en mi mente. Mi mente… mi mente como núcleo, y corazón latente.