… porque el día cae y la noche sube. Los aromas cálidos se
apagan y la humedad de las nubes que flotan por lo bajo de esta ciudad hacen
que respires agua, que te ahogues en penas inexistentes. Que no distingas entre
lágrimas de nostalgia o lágrimas de dolor, respiración de suspiros, gritos de murmullos
silenciosos que de a poco en tu mente suben y bajan, suben y bajan. Hasta
callarse por completo y dejarte solo de nuevo, pensando en que estás ahí, sentado
en el balcón del noveno piso. Dolorido del cuello por intentar mirar las
estrellas. Dolorido de la vista por querer evadir las otras estrellas que están
abajo, en las calles, en aquella plaza. Esas estrellas fugaces llamadas autos.
Y te creías en ese balcón el león de la selva cuando la
mañana sube y miras como el movimiento humano empieza a crecer, con una taza de
café en la mano y la vista ya opaca de ver siempre lo mismo.
Pero no ahora. Ahora estas de noche, en medio de tu gran
selva. No hay crías que cuidar, no hay hembra que cortejar, no hay presas que
atacar, no hay territorio en el cual avanzar. Entonces ¿qué haces, gran león?...
¿salís a cazar un poco de respeto o te quedas quieto esperando que un humano aparezca
en tu terreno y te capture para llevarte a la ciudad donde vas a ser
atormentados por todos?
León ya no es tan grande, león conoce sus colmillos pero ya
no sabe qué hacer con ellos. León grita un poco, se deja caer en la tierra y
mientras no deja de mirar hacia arriba, allá en lo alto un pequeño sol blanco
se transforma en un espejo, en una fuente de recuerdos que jamás se han borrado
de su mente.
Qué difícil ha sido todo esto
para mí, se dice.
Es éste el momento donde la leona tiene que entrar en escena
para acariciar con su cabeza el pecho de aquél macho, iluminando y dando un
poco de calor a esa imagen tan oscura y fría, tan estancada e inmóvil en una
noche que pareciera estar detenida en el tiempo. Pero no, no hay leona, no hay calor,
no hay caricias, el tiempo avanza y no hay más luz que la que viene de arriba,
qué solo puede ser vista en el reflejo de sus grandes ojos ahora brillosos.
León mira y mira, respira y respira. Dentro de su capital,
de lunes a viernes él sabe correr, él sabe acechar. Pero los fines de semana se
siente tan quieto, que sus músculos le duelen de tanta inmovilidad, de tanta
labilidad. Él nunca va a estar preparado a no saber qué hacer, a no hacer.
León cierra los ojos, y piensa que ser un lobo sería lo
ideal para poder aullar a más no poder a aquella blanca compañera que se
distingue entre las estrellas. Pero un rugido sería desubicado, acá no hay
poder, acá no hay soberanía ni imponencia. Acá hay un león... Un león quizás no
tan grande, quizás no tan valiente, quizás no tan fuerte, quizás, quizás,
quizás. Acá hay un león... solo como un cazador egoísta ya agotado puede estarlo.
Situado en la cima, no tan cima, de un todo, tan pero tan todo, que muchas
veces para él es nada.
[25 de Agosto de 2013]