Dentro de
aquél pasear nocturno hallé sin buscar a aquél joven que había visto pocas veces
con anterioridad. Se notaba tan confundido entre sus pensares que podía sentirse
a distancia el tormento y los insultos de los Por qué, tan repetitivos e intensos, que en él se agitaban. Su
espalda y rostro encorvaban su postura. Tarea dificultosa fue lograr percibir
el tono rojizo que teñía su cara por el lagrimear salado. Lo vi tan afligido
entre lo que debía, quería y sentía en ese momento. Aquel joven estaba luchando
consigo mismo, debatiendo sobre si llegaría a algún acuerdo siquiera entre sus
partes. La magnitud de su batalla sumada a la impotencia que en mí empezaba a
crecer consiguió que mis ojos se encadenen a tan familiar escena... Pero luego,
y después de que haya tragado un poco de saliva, un temblor en mis pupilas que
no cesaban de brillar me empujó a decirle algo, lo que sea, sin redactarlo con
anticipación y sin importar quién sea yo. No podía callarme:
“Sécate esas lágrimas, y levanta la mirada…
No te aflijas, pequeño hombre, porque entre tus idas y vueltas descubrirás que
existen muy pocas certezas, y ni siquiera ellas serán duraderas. Sólo deja de
buscarlas, ellas no quieren ser debeladas, y muchas otras aparecerán por sí
solas.
Ama la libertad, y haz todo por ella. Haz que tu entorno fluya, y siente por sobre todo.
No temas al dolor, él vendrá quieras o no, tan oportuno como una tormenta en verano.
Ama la libertad, y haz todo por ella. Haz que tu entorno fluya, y siente por sobre todo.
No temas al dolor, él vendrá quieras o no, tan oportuno como una tormenta en verano.
Sé feliz, joven y audaz. Sé
fuerte. Recuerda que crecer implica esfuerzo, sudor y lágrimas. Pero te
recompensará al final con gran satisfacción. Cada paso que des hacia adelante,
no lo regreses, no te quedes quieto. Nunca te quedes quieto. Y por ningún
motivo mires atrás… Sé valiente.”
El joven no
había dirigido ni por un segundo sus ojos hacia mí durante el pronunciar de aquellas
palabras que había conseguido sacar sin siquiera respirar. Sólo cuando el
silencio anunció que había terminado, me miró. Secó sus lágrimas con el puño de
su campera mientras dejaba caer la capucha que cubría su cabeza. Se puso de pié
frente a mí y me observó detenidamente. Fue entonces cuando una sensación
mágica nos dominó a ambos, la certeza que la acompañaba nos relató en imágenes
un pequeño y fugaz resumen de la vida del otro que hasta el día de hoy consigo recordar.
Logré interpretar una mueca que quizás pudo
ser una sonrisa. Sentí su agradecimiento de inmediato, y lo vi alejarse con
pasos lentos pero que de a poco iban adquiriendo firmeza. Caminó, y mientras
sacaba las manos de sus bolsillos noté que no se había tomado la molestia de mirar
hacia atrás. Sonreí deseándole suerte.
Decidí esperar. Quería que en mi
mente quede registrado dicho acontecer, el verlo desaparecer en su caminar sobre
aquellas calles iluminadas por el matiz tenue del comienzo de un amanecer
invernal.
Me senté donde él había estado… y me fue inevitable: las lágrimas vinieron a mí.
[1º de Enero de 2013]