20130425

Siente el momento

    Tendré que ser sincero, pues ya no tengo otra alternativa en mente, y si la encontrase tal vez no me sea tan divertida como ésta…

    ¿Se han puesto a pensar en aquellas situaciones en las que la mirada de uno no puede apartarse de esa persona completamente extraña que  camina cerca nuestro? Me refiero a cuando ella aparece. Salida de la nada. Tan fresca y despreocupada como nunca. Aparece, ante mí, para ensordecer mis oídos, callar mi boca y controlar mi caminar. Ella solo quiere mi mirada. La quiere sin quererla, la manipula sin teoría ni práctica, y lo que más impotencia me da, es que la tiene sin saber que la tiene... Para ser claro: ella no hace nada. O sí, quizás ella sigue siendo ella y la causa de mi excitación es sentirme provocado a dejar de ser yo, para ser lo que ella quiera. Para tenerla al fín.
    Embriagado en imágenes y pensares, no paro de caminar a su lado. Tendría que haber doblado hace ya dos cuadras y siento que eso poco me importa. Porque es esto lo que me encanta, lo que me deja tan paralizadamente móvil, tan fríamente cálido. Tan solamente acompañado. Son éstas situaciones las que me hacen sonar una y otra vez lo que mi madre hace mucho me dijo: Yo me enamoro todos los días.
 
  Estoy caminando con ella porque es la situación, el ahora, el lugar, y ese tercer parámetro que no puedo encontrar. Más allá de su esbelto cuerpo, de su joven mirada y de esa independencia que como mujer irradia para advertir que no es presa de nadie, es el momento el que me enamora. Bien sé que esto me ha sucedido antes y aún más sé, atreviéndome a apostar mi vida en ello, que me volverá a suceder, otra y otra vez. Porque ¿van a ser francos ustedes si les hago afirmar que no han sentido amor, o esa atrapante intensidad tal vez, por aquella joven que captura nuestra atención desde que se subió al colectivo hasta que, desgraciadamente para nosotros, tuvo que bajarse y apartarse de nuestra realidad fantástica? ¿o qué me dicen de esa que al caminar se nos cruza en sentido contrario y nos produce un giro tan violento e indisimulado como si fuera ella misma la que nos cachetea la cara y todo el cuerpo para hacernos saber que está ahí? ¿Van a decirme ustedes que el amor se mide en el tiempo? ¿En la duración de una relación? ¿En que ella sea tan parecida a mí? ¿En que el sentir nos parezca perfectamente mutuo? Quiero decir, ¿van a seguir diciendo que el amor es de tal y tal forma? A mi pesar debo aceptar que esto se ha hecho mundial ¿Cuánto nos costará, ¡humanos!, darnos cuenta de que el amor es tan subjetivo como la vida misma? Es por eso que veo la vida en el movimiento, en el acto de vivir, del vivir. Una vida sin acción es como un instrumento musical callado, un simple mueble decorativo que sólo es tocado para ser limpiado. Diferente me es el amor, que se puede percibir su esencia en la calma y en la acción, en su pasividad y actividad. Desde la fantasía hasta la realidad trágica. Porque cuando es, es. Y si lo es, lo es en todas sus formas. Supongo entonces que es por ello que no encuentro más amor que en el amor mismo, sin cuestionarlo, sin mirarlo desde afuera, sin razonarlo. Por favor, ¡no racionalicemos el sentir! Eso sería tan útil como ponerle un nombre al sabor del agua. ¡Basta de buscar una explicación a todo! Las mejores sensaciones que alguna vez hayamos sentido no la tienen, y por su naturaleza nunca la tendrán. No son necesarias.
    Sigo caminando, y en mi cara tan relajada se tensa una sonrisa que va a calmar la velocidad de mis pasos. Descubro así, otra vez, que verdaderamente ella, la belleza con piernas y mente que camina delante de mí, no es más que un ingrediente, un elemento importante, pero una parte al fin, de esto de lo que en realidad estoy enamorado, de los momentos. Estoy enamorado de ellos, de su energía única e irrepetible. Esa intensidad que advierto en ellos no la he de hallar en nada, por más que me esfuerce en su búsqueda. Definitivamente no hay nada que se les parezca. Son únicos, simplemente porque son. Suceden de una vez y para siempre, no hay más registro de ellos que su pobre recuerdo. No son personas, no son animales, no son objetos, no son nada material. Ellos son libres. No hay forma de apoderarse de ellos, no hay forma de retenerlos para que duren más. No hay forma más adecuada de transitarlos que vivirlos, y sentirse en plenitud con ellos, en armonía con lo que está siendo, y que pronto ya no será.
    Me detengo y dejo que ella se aleje mientras sigo sonriendo. La dejo… La dejo porque ya lo he disfrutado, ya he sentido todo lo que el momento me propuso que sienta. He cumplido con él, y él ha cumplido conmigo, me ha dado esas sensaciones tan agradables que ya empezaba a extrañar.
    Le digo mentalmente “Adios” “No sé quién sos, de dónde venis, a dónde vas o qué te gusta… pero la he pasado bien a tu lado.”
    Aparto la mirada y retomo mi camino. Me dispongo a volver a mi vida sin decirle a su imagen “espero que algún día el mundo nos vuelva a juntar”. Porque no, mi querida, no hay necesidad de una segunda vez, esto es único e irrepetible, y así debe ser. Tampoco diré que esperaré hasta que otro momento se apodere de mí. Yo no lo espero, él es el que está latente, esperando tener las condiciones para aparecer y conquistarme.

    No hay mayor amor que el que se encuentra en las calles, aquel que se encuentra sin ser buscado. Aquel que dura, lo que dura un momento.