Es anunciado su nombre, procede a entrar a esa jaula de
cemento que mucho se parece a las demás. Su única manera civilizada es que
permanezca sentado.
Se venda los ojos segundos después de ver como aquellas
personas con supuesta autoridad y poseedoras de poder desfundan sus armas tan sobre-valoradas y
cargadas de pedancia, y empiezan a apuntar.
Una vez ha terminado de vendarse comienza a agitarse en su
organismo un cóctel de ansiedad, miedo, angustia, desesperación y alerta
máxima. Atina a apretar los ojos, por lo que sabe que se viene.
Dos disparos son impactados en su estómago, uno ha tocado
una costilla. No siente dolor, pero siente como su vientre empieza a tomar
tanta temperatura que arde. Tanta que empieza a dudar si es frío o calor. O si
el calor se transforma en frío, o si está tan frío que ya quema.
Sabe que es inevitable, la herida está ahora junto a las
otras. Ha sobrevivido antes, pero esta vez es diferente. Esta vez lo sintió un
poquito más.
Ahora sólo le queda decidir: si comienza a respirar mejor y
tratar de levantarse del piso para encontrar una salida que lo haga vivir; o si
prefiere la cura rápida, esa que es como una pastilla de corto efecto, y se
deja caer, en silencio, sin siquiera haber dicho sus últimas palabras.
(…)
Se levanta, acepta dónde y cómo esta. Reconoce las balas
incrustadas en su estómago y se dice “que empiece el show” con una sonrisa como
auto-aliento.
Ahora con los ojos desvendados y bien abiertos comienza a
ver. Tres de las cuatro paredes, repletas de cajones. Desde el piso al alto
techo, desde una esquina a otra, desde un rincón hacía los demás.
Está buscando la receta-indicación-instrucción que le diga
cómo abrir la puerta para salir al exterior y al fin curarse. A su disposición tiene
un manojo repleto de llaves con las cuales inicia la búsqueda.
Puertas y puertas de cajones son abiertas. De algunas, muy
pocas indicaciones útiles encuentra. De otras nada. Descubre incluso, cosas que
había pensado que no iban a estar en esos cajones, cosas que había tirado y vuelven
a aparecer. Cosas que no iban en esos cajones pero por alguna razón ahí están.
Poco a poco va intuyendo dónde podrían estar esas valiosas
hojas. Se va acercando… y no, no se abren. Pasa a otras y no… no se abren
tampoco. Logra abrir una pero no parece decirle más de lo mismo en otro idioma
que no logra entender.
Ve una, en la que ahora pone todas sus confianzas, sus
apuestas. Algo, lo que sea, le dice que no hay forma de que no sea ese el cajón
que tenga las respuestas que anda buscando. Entonces ansioso busca y busca, y
ninguna llave encaja en esa hendidura. Harto busca alternativas en las que pueda
al menos asemejarse. Pero no las hay, no sirven ahora.
Vuelve a su silla, ya habiendo dejado toda la jaula repleta
de papeles tirados y cajones abiertos por todos lados, como si un huracán
lograse entrar ahí. Piensa y se resigna, se hace la falsa ilusión de que dio su
mejor esfuerzo y al menos lo intentó. Pero bien en lo profundo su ser sabe que
no es así. Sabe que prefiere creer eso antes de aceptar en su mente que no va a
hacer nada por seguir.
(...)
De repente la mente se pone en blanco por un segundo y un
aliento frío y veloz entra en el organismo, se altera y sus sensaciones se
despiertan. Su cuerpo, mente y alma le dicen unidos en una misma voz: no voy a dejarme morir acá.
Su mente se acelera
como si un reinicio la traiga a mejor rendimiento. La búsqueda no acabó. Vuelve
a empezar, y todos los recursos de su mente y cuerpo se ponen a las órdenes del
instinto de supervivencia.
Descubre entonces, que entre esas sensaciones algo raro sintió
cuando volvió a sentarse. Algo que hasta ahora no le había dado curiosidad
averiguar qué era. Más precisamente lo siente cerca de él… Está en su bolsillo
trasero. Se levanta con curiosidad y desentendimiento como si una descarga
eléctrica lo sacudiera.
Ha encontrado la llave, ha encontrado lo que buscaba. No
duda, entonces, en correr a abrir el cajón que tenía las famosas hojas. De un
golpe lo abre, sacas las hojas, las lees sin parar. Lo entiende, y más aún da
cuenta de que ya lo sabía.
Procede a abrir la puerta.
Pesada, ruidosa y trabajosa puerta. Ésta ahora está abierta,
él está afuera. Y la luz que impacta en sí sana sus heridas, pero con su
intensidad tan clara y destellante le daña los ojos. Le hace sentir fuego en
ellos. Un dolor que a muchos les sienta mal, que una minoría tolera, y que a
muy pocos le da placer.
Él está ahí, afuera. Curado.
Ciego, pero con vida, y con la experiencia y sabiduría que de abrir una puerta conlleva.
Ciego, pero con vida, y con la experiencia y sabiduría que de abrir una puerta conlleva.
[3 de Diciembre de 2013]