Ambos han estado a menos de cuarenta centímetros de distancia, el uno del otro, durante más de unos diez minutos.
Él con sus auriculares relucientes, en su volumen número ocho sobre diez. Comprados con el objetivo de no escuchar más que su música, alejada de los molestos ruidos de la ciudad. La publicidad era clara: ‘¡No escuches más que lo vos quieras escuchar!’.
Ella con sus lentes oscuros, que le había regalado su ex-mejor-amiga durante las vacaciones a Mar del plata, se esforzaba un poco para ver bien bajo las sombras del pleno día. Le encantaban como le quedaban.
La miraba y no tenía en claro si ella se concentraba en batir su record de escribir más de diez palabras por segundo sobre su celular, hacer ese ruido tan característico cuando se mastica un chicle con la boca semi-abierta (según imaginaba), o si sólo quería relucir sus uñas recién pintadas.
Lo veía y hacía el esfuerzo para intentar reconocer lo poco pero ruidoso que sonaban esos mini-parlantes a todo volumen colgados de su cabeza. Tenía una barba desprolija y una mirada que se enfocaba y paralizaba cada vez que algún solo de guitarra irrumpía en la armonía de la canción. Se preguntó cuál sería su edad, y creía estar en lo cierto si pronunciaba un ‘veinte… veinti algo’. Asumió que esa música no era de su agrado y que, dudosamente, en un futuro tampoco lo sería.
Odiaba no poder ver sus ojos. Lo incomodaba no saber cuándo mirarla y cuándo no, ya que desconocía cuándo ella lo podría estar mirando. Se dedicó unos segundos a maldecir el porqué del uso de gafas de sol en pleno otoño, cuando las hojas construyen alfombras rústicas en las calles y castillos dorados en cada esquina. Consideró gustarle su boca y su nariz. Hasta supuso que también le era de su agrado aquel pequeño y entrometido olor que de ella provenía, ‘un perfume suave’ se dijo.
Esa canción le sonaba familiar. Tenía en la punta de la lengua y a metros de distancia en su memoria el nombre que llevaba... ‘¿Es necesario escuchar tan fuerte la música?’ Se preguntaba con un gesto mudo y quejoso. Aunque no podía decidir si su queja se dirigía aún hacia el volumen o más hacia la laguna mental que se le presentaba al buscar el título de la canción.
Ambos avanzaron unos pasos más en la cola. Acostumbrada a querer aparentar ser una joven solicitada y misteriosa no paraba de mirar su celular para ver la hora y hacer que escribía. Mientras no hacía más que releer una y otra vez el ‘No te olvides de traerme cigarrillos. Besos’ que había sido él último mensaje de su madre hace ya dos horas. Él, por su parte, subió a diez sobre diez el volumen, esa canción que empezaba a sonar era una de sus favoritas. El movimiento de cabeza marcando el ritmo le era inevitable.
Releyendo un conversación que había tenido con una amiga sé lo topó con un pequeño empujón, torpe quizás, al dar dos pasos de más sin advertir que él ya se había detenido hacía unos segundos.
—Uy, diculpame —Le dijo moviendo los labios. Ella seguía molesta con el volumen de la música y sabía que él muy poco la iba a escuchar.
—No, está bien —Dijo al darse vuelta con una sonrisa en la que quiso demostrarle lo muy simpático que podría llegar a ser.
Transcurrió aproximadamente una canción más para él y unos dos mensajes enviados en el celular de ella para que ambos jóvenes dejen de hacer lo que estaban haciendo.
Él apagó su música y bajó sus auriculares para dejarlos reposar alrededor de su cuello, mientras ella tiraba su celular dentro de la cartera y de la forma más disimulada que podía se quitaba las gafas.
Ellos no lo sabían, pero ambos, casi sincronizadamente, empezaban a sonreír.
[26 de Noviembre de 2013]