Llueve en la ciudad, y con ello todos se esconden en sus refugios.
Cada gota que cae al piso es un recuerdo que se rompe en miles de imágenes, salpicándome la cara de un pasado no tan pisado, de un pasado no tan lejano, de un pasado que no pasó.
De repente bajo el paraguas y decido sentirlas. Antes, cuando el sol me castigaba por el verano, pedía repetidas veces que una lluvia espontanea refresque mi calurosa cabeza. Y ahora, que el fenómeno se está dando en pleno momento, sería hipócrita de mi parte que de ellas me cubra.
Logro ver la luz naranja en lo alto, y como cada diminuta partícula de agua que se interpone entre mi mirada y la luz son ahora vistas como balas perdidas que se pusieron de acuerdo para caer en un mimo lugar. Balas que fueron disparadas por otros, y nunca por uno mismo.
Las ráfagas impredecibles de viento húmedo y frío de vez en cuando distraen mi vista tan concentrada en la nada del piso para dirigirla a la nada de la próxima pared, a la nada de mis zapatos mojados, a la nada del otro poste de luz, o la nada de la nada que observo cuando me esfuerzo en ver eso que allí no está. Percatándome así, que no estoy mirando hacia afuera, sino hacia adentro.
Basta con unos minutos más para que se oscurezca toda mi ropa y que las pequeñas gotas de agua que se adherían a mi rostro ahora formen ríos que caen sin aviso, lavándolo.
Entre tanto mirar sin mirar afuera, y mirar y mirar adentro todo se resuelve cuando logro verme a mi mismo. Ahí, sentado en el banco de la peatonal de una ciudad que parece muerta. Esperando todo aquello que con certeza sabía que no iba a ocurrir, pero que una pequeña e ingenua esperanza me hizo tomar el paraguas para salir a buscar y encontrar, de una vez por todas, una verdad alojada en una sola frase que mi mente razonable repetía sin cesar, pero que un sentir moribundo quería evadir: no va a venir.
[25 de Febrero de 2014]