20140321

Fragancia a lavanda

 Gigantes montañas crecieron de repente, como por acción de un nuevo big bang en pleno microcentro.  Resulta aún costoso como increíble ordenar mi cabeza para pensar y contar el número de personas que viven en unos mismos metros cuadrados. Unos arriba de otros, con escaleras y ascensores que son el camino cotidiano y ya hecho parte de la rutina que te lleva a casa. A casa que no es casa, que trae ese olor salido de una lata que huele a lavanda. Ese olor que no es a padres (que no es a mis padre) que no es olor a comida recién cocinada, de todos los días, impregnada en las paredes y en los manteles. Aquí hay olor a apuntes maltratados y llenos de resaltadores que suponen resaltar lo importante, del capítulo más importante, de libro más importante, del autor más importante, dentro de los otros importantes autores más reconocidos. Ese olor que bien sé que no es olor, y que prefiero llamar fragancia.

 Desde arriba se ve todo, pero también todo aquél que se frene y alce la vista logrará verme. No puedo gritar, almorzar desnudo con las ventanas abiertas o poner el volumen de la música en el número ochenta. No puedo tener mascotas, ni azotar las puertas si el día me lo aconseja. Tampoco coger, o dormir a las tres de la tarde, según dicte la ocasión.

 Mi patio se reduce a ese hermoso y tan vistoso pedazo de piso con barandas desde el cual veo la gran jungla de cemento. Todo es tan hermoso en la ciudad. Lo que busque se encuentra, lo que no busque también. E incluso es muy habitual que me halle buscando cosas que no quiero encontrar ni por accidente.

 Las comodidades antes lujosas son ahora una necesidad primaria. Los sillones post modernos en el living; el cenicero decorativo símil coleccionable, tan inútil como plantas de plástico en masetas con tierra, reposa como centro de mesa en el departamento de alguien que no fuma, como yo. O que si lo hago una pequeña culpa no permite que manche un objeto, en apariencia tan delicado, con algo tan burdo y ordinario como lo son las cenizas. Como muchas veces me siento. Como ahora… una mínima y diminuta ceniza de algo ya quemado y consumido amontonada entre otras millones más. A punto de salir a volar por una que otra pequeña ráfaga de viento, hasta donde su impulso llegue, y esperar que otra me recoja para iniciar otra vez un breve e incierto viaje.

 En las paredes hay fotos y fotos de personas que digo me han acompañado a lo largo de mi vida, y otras, que sólo estuvieron en el momento justo, antes de que la cámara dispare. Esas imágenes que representan aquello ausente ahora, aquello que no quiero olvidar por más difícil y dudosa que se ponga mí mente. Olvidando lo mejores momentos de mi vida y reviviendo aquellos que no he podido sepultar.

 Esta noche la ruleta rusa se puso en acción sin previo aviso. Aproximadamente tres disparos al aire anunciaron la muerte de alguien inocente, y por quien ahora sus familiares lloran con gritos estridentes.

 He querido esto por mucho tiempo, y aún sostengo que lo quiero. Pero esta noche… ver llorar a otros me hace recordar que en casa esto no era llorar, esto se llamaba llover.


[3 de Febrero de 2014]