Harto de pensar en ideas que no llevan a ningún lado, de su infinidad de volver y volver al mismo lugar donde empezaron, y hacer por ende el mismo recorrido una y otra vez.
De soñar y tener que despertarme. De escuchar sonidos fuertes que me sacudan, de escuchar hasta el silencio que me sepulta. De ver la oscuridad y siempre buscar la luz. De ver la luz y quedarme ciego. De saber sin saber, de no saber pero saber que sí.
De que todo sea momentáneo. De que el vivir sea una tragedia. De que todo sea una tragedia. De que sea el único puto animal que sepa que va a morir, y que aún así desee vivir. De buscar motores que no encienden mis ganas. De buscar ganas donde no hay motores hace rato. De intentar, de probar, de fallar, de tener éxitos, de volver a intentar. De renunciar a cosas que no quiero, y aún querer cosas a las que he renunciado hace tiempo. De tener que tramitar duelos cada día. De saber que puedo morir en cualquier instante. De planear a futuro. De mirar más allá, donde más allá realmente no se alcanza a ver. De confiar y tener que volver hacerlo. De ilusionarme, de ilusionarme.
De que todos lo vean tan simple, de que yo lo vea complicado. De que complique lo simple y vea simples mis complejidades. De escribir y escribir sin llegar a ningún lado. De usar esto como descarga. De la descarga. De buscar cargarme en algún momento sin saber dónde. De que descargarte sea siempre explosiva y que la carga nunca la vea y sea tan pasiva.
Harto de ser, de estar, de no querer estar, de querer y tener que seguir, del desgaste continuo. De saber que nada dura para siempre, de alegrarme que nada dura para siempre. De sentir miedo, de sentir dolor, de tener miedo a no sentir. De crecer, y crecer, cuando cada vez más quiero volver al interior del útero.
De relacionar todo, de llenarme de asociaciones, de remitir eso a aquello, aquello a mí, y a mí a éste momento. De analizarlo todo, de sentirme una estatua que piensa, que no actúa. De no actuar, de no actuar. De actuar y no tener que haberlo hecho.
Harto de tener tantas y tantas opciones que no me quede opción que tener que elegir o decidir entre ellas. De tener que decidir. Y de que si aún no lo hago en realidad lo esté haciendo de todas formas.
De que me guste estar apurado. De que ame la adrenalina, de que ame el peligro. De preferentemente funcionar bajo presión. De perderme en el “no llego, no llego”.
De ser tan tranquilo casi siempre, y de tener en mí una destrucción pacífica.
Harto de mirarme y ver siempre al mismo. De querer ser otro cuando nunca dejo de ser yo. De estar orgulloso de ser yo y darme cuenta de que me estoy pareciendo más a otro.
De recordar y sentir, de sentir, de tener que recordar. De ver imágenes que ya borré, de curiosear carpetas que ya formatee. De respirar y que el aire no me llene, y creer que me falta un espacio por cubrir.
Harto de fantasear con cada mujer que capte mi atención en esos segundos de apuros en las ciudades. De mirarlas, mirarlas, y seguir mirándolas. De que en ese instante empiece a construir la casa, adoptar el perro y comprar las cosas para el bebé. Cuando cada día confirmo más que en lo profundo de mi rebota ese “quiero vivir solo, quiero estar solo”.
Del tacto, de la frialdad, del afecto, los sentimientos y del sexo. Del sexo. De no tenerlo, de tenerlo en exceso, de extrañarlo. De no querer recordarlas. De recordarlas, ponerme mal, y ponerme bien. De no llorar. De llorar por ellas. De pensar en sexo cuando no lo tengo, y sobre todo, de pensar mientras lo tengo.
De buscar mujeres libres para jugar a ver quién atrapa a quién. De siempre perder. De ganar con alguien que nunca estuvo en el juego. De que haya trampas, y de que no las haya. De aún no saber distinguir cuáles de ellas son Monarcas, y cuales son Virrey.
Harto de ver a la mujer como la mayor obra de arte y acompañarlo del mayor potencial patológico a punto de explotar. De mirar y no hablar. De no hablarles, de no hablarle. De no animarme, de no pararme cuando tengo que hacer, de no saber cuándo tengo que hacer algo. De no querer comerme esa estupidez de que hay momentos indicados, y de creerlos firmemente cuando se dan. De creer en accidentes, de que me gusten. De atraer el dolor, y de confiar en que no lo atraigo, pero buscarlo.
De llenar mi vida de letras y números que flotan a mi alrededor. De que se le sumen imágenes destellantes como relámpagos. De que mi nariz no funcione pero experimente olores. De que me sienta una piedra y tenga sentimientos cuando menos lo espero. De que me aturda de escuchar las imbecilidades y no entender como mis oídos siguen funcionando. De llenarme y llenarme de todo, y de que aun así, a veces, sienta un vacío.
De no tener otra opción que respirar la puta contaminación que todos emanan.
Harto de tener que ver como todos van muriendo y yo sigo vivo, de ver como todos se sienten tan vivos y yo no. De la vida, el amor, la muerte y el sexo.
De la inestabilidad, y de la estabilidad que aburre. Del aburrimiento que me lleva a ser creativo. Del aburrimiento que me lleva a hacer estupideces, del que me lleva a al pasado, del que me lleva al futuro y de una patada me deja de vuelta en el presente.
De querer dormir y seguir escribiendo.
Harto de acostarme y que todos los pensamientos me invadan, cuando lo único que busco es renunciar al mundo por al menos ocho horas. De pensar y pensar, y volver a pensar. De advertirme que al descansar mi mente siga corriendo más aún de lo que creo que cuando estoy despierto.
De seguir escribiendo cuando creo que me quedo sin ideas. De tener miedo a quedarme sin ellas. De tener miedo a llenarme de ellas y no sacarlas. De no sacarlas como quiero.
Harto de querer, deber o tener que dormir y sentarme aquí a escribir.