Se había demorado pocos minutos antes de levantarse de esa cama, pero eran suficientes. Había hecho de su mente un museo de reflexiones. No concebía algo concreto y sin distorsionar, más que de costumbre. Los pensamientos en él eran acumulaciones de hojas quemadas por el frío otoño, que el viento manipulaba a gusto. Estaba desorbitado.
Más tiempo del usual le llevaba hacer cada movimiento que quería. No podía parar de pensar, de intentar encontrar eso que sentía que le estaba faltando. No estaba sucio, no se sentía así. No se había limpiado del pasado, tampoco. Sabía que no era algo solucionable. No logró lo que esperaba, no consiguió regenerarse, sea de la forma que sea.
Estaba buscando su sombra, pero de ésta, extrañamente no había rastros.
Mientras de a poco su pantalón iba subiendo intentó pensar si lo que realmente le pasaba era ese vacío que tanto había teorizado. Dejándose caer en la duda de que si al menos eso lo era, era algo, y no nada, como temía. Miró sus brazos, sus piernas. Le hubiese encantado ver el agujero negro que debían estar reflejando sus ojos entonces. Miró sus medias, no había ternura en ellas, tampoco había fantasmáticas sonrisas, no eran nada. Empezó a percibir todo tan monótono. No sin sentido, no en blanco y negro, pero claramente sin significado. Aquello que veía también podría haber sido otra cosa, y sin embargo no lo hubiese advertido.
Por cada botón que prendía, se preguntaba algo diferente pero sencillamente incitador, que entre pausas se respondía: ¿Estoy arrepentido? No, obviamente no es eso lo que sostengo ¿Qué sucede entonces? Si sólo lo supiera, tendría la certeza de anclarme de alguna seguridad, sea cual sea ¿Estoy mal, o simplemente no estoy bien? Siento que ni siquiera estoy, que no debería.
Tapó su dorso con la remera que lo estaba esperando en el respaldar de esa solitaria silla, y al acariciar su cara con el desliz de ella, soltó un suspiro. Seco quizás.
Pasado sus merecidos minutos de desligamiento, vuelve su vista, la ve. Él sabe que nada será igual. Él sabe, más aún, que nada fue igual. No quiso que sea igual, ese nunca fue su propósito. Tampoco lo fue. Aunque no lo haya querido, de todas maneras, no lo fue. No se sintió, no como quería, no como esperaba, no como tendría. Fracasó. Sin hacer nada. Sin saber si hacer o no era algo decisorio para el momento.
Ni toda la ropa que haya querido usar le iba a sacar ese sentimiento de desnudes. No por intimidad, no por confianza, mucho menos por sentirse libre y exteriorizado. Estaba solo, en el medio del océano, sin nadie. Sin nadie que él quiera, ya que de por sí, no quería a nadie con él. Se sitió sin techo en medio de una lluvia de cristales filosos, los cuales por más sangre que le robaran, no generaban reacción de dolor alguna. Era hijo de sí mismo, muerte de su ser, un Dios propio que estaba cansado de ver al mismo hombre perdido e inestable.
Se sentó en la cama, pero él no quería. Soltó palabras al aire para responder, notando que al decirlas nos las entendía, no había eco en ellas.
Él había querido, no era un capricho. Pero no sentía. Pensaba, sin saber exactamente qué. Hablaba, porque nada lo impedía. Quiso llorar, pero no se permitió dar tal acontecimiento a su incerteza. ¿Estaba vacío? ¿Estaba queriendo volver en el tiempo? ¿Aquél fantasma le dijo algo sin que él pueda percibirlo? ¿Estaba mal? ¿Estaba bien? ¿Estaba siquiera, más que físicamente en ese lugar?
Miró, pensó. Se sentó, y luego, escribió.
[3 de Junio de 2012]