La oscuridad de miles de casas caía sobre ese sillón. Y ahí estaba.
El de siempre, tomando.
Corría la vista para ver esas cuerdas que ya no le servían.
Acariciaba con sus ojos cada detalle del piso que nunca
limpió, buscando perdidamente algo que llame su atención. Observándolo.
Queriendo estar cerca de él en menos de un instante.
Quería poder sentir ese impacto que lo pueda despertar de un
sueño para el cual nunca tuvo que dormir.
Sus ojos se habían dejado castigar. Su luz ya no estaba ni
colgando del techo de aquel living tan vacío de calor.
Soltó una carcajada. Quizás por algún recuerdo que lo indujo
a estar ahí.
Se la pasó recortando letras y palabras sin leer. Letras que
no formarían ninguna palabra, y palabras que a él nunca le dirían nada.
Estaba asustado. Hizo todo para que el sol no pueda verlo.
Se le hacía tarde, y sus ojos no veían bien.
Entonces durmió. Se despertó asustado. Lloró. Bebió. Sonrió.
Se quejó. Lloró. Gritó. Pegó. Rompió. Se cansó. Durmió otra vez.
Despertó en el piso empapado, con algo filoso entre sus
manos.
Ya ni siquiera el amanecer logro taparlo con su manto. El
sol se negó a tocarlo. Ya nada entraba en ese lugar, ya nada tapaba ese cuerpo
por fin frío...
Entre lágrimas, suspiros, y palpitaciones soltó:
Creí ver esos pies tan pálidos asomándose. Distantes y
borrosos a través de aquel petiso vaso de whisky...
[29 de Julio de 2010]