Hoy estoy… frente a vos, de alguna manera.
Los recuerdos, otra vez palmean mi espalda. Son esos regalos sorpresivos de aquellos que no esperábamos que estén presentes en nuestro cumpleaños. Y como ellos, no vienen solos, en absoluto. Vos venís también.
Empiezo a percibir tu intensidad, y mi intensidad. Lo que fue nuestra intensidad. Todos los olores, las sensaciones y las texturas de tu ropa comienzan a sacudir mi estable paz, la que venía construyendo, hace rato.
Pero ya no me sacuden por completo, ya no. No lo volverán a hacer como antes. Ahora es simplemente un empujón, para el lado que más te guste. Como si fuera un saludo, como si quisieras llamar mi atención. Como si rogaras que advierta tu ausente presencia.
Mientras mi mano se enfría al tocar este mármol, la gente a mí alrededor cubre sus rostros de nostalgia, de su insepultable pasado, y del aire agitado por sus respiraciones contaminadas de afectos. Si tal vez ahora pretendiera ser la excepción, sobre mi mejilla no saldría a pasear esta solitaria lágrima, que no hace más que reflejar los pocos hilos de la soga que aún me atan a vos.
Si bebé… hoy estoy acá con vos, sin vos. A un año de todo lo que pasó. De todo lo que pasamos.
Bien podría aceptar que me sería fácil mentir. Pero sé que quizás esto me tome un poco más de un año. Puede que unos cuantos Domingos más. Sin embargo no lo sé con certeza, y llegado su momento tampoco lo sabré.
Me es inevitable decir: que bien se siente estar sin vos. Qué bien se siente recordarte a veces. Y lo agradable que es ver como de a poco te volviste tan frágil, tan insípida… casi imperceptible.
Qué bien se siente saber que de toda esa porquería dramática, romántica, edípica, y trágica, he aprendido.
Más hermoso es volver a ser yo. Quien soy, quien quiero y quien nunca debí dejar de ser.
Y por si tu cuerpo aquí en descomposición lograra escucharme, necesito que sepas: he aprendido mucho, demasiado quizás. Más de lo que hubiese querido. Pero no te sientas maestra en esto, dudo haber aprendido de vos, más sí de nuestro accidental encuentro, de las experiencias que vivimos, lo que me hiciste vivir.
Pero ya es suficiente, hermosa... Ya tienes mis lágrimas, y yo… Yo ya me he lavado la cara con ellas.
Solo espero no volver a verte. Pero conociendo mi suerte, solo me queda desear que si ello ocurre no quede más de vos que tus huesos. Sin aquella piel que tanto placer me dio, sin ese pelo que tantas veces mi cara tapó, y sin esa voz que tanto caos trajo a mí ser.
Que descanses en paz, seas quien seas, dondequiera que estés.