"Tiempo al tiempo"
sin tanto tiempo que haya por perder.
El reloj no perdona y la piel
aún se sigue marcando de cicatrices.
"Quiero arder" al oído,
en una noche invernal de febrero,
sin amor,
tres semanas atrás.
Semanas que fueron cuatro días.
Cuatro días que fueron de cási cinco horas,
y horas con sus minutos y segundos completos,
igual que todos,
ni más rápidos ni más lentos.
"Tiempo al tiempo"
sin tanto tiempo que haya por perder.
Pero si no hay nada que perder,
y el tiempo va a seguir igual...
¿Por qué para evitar el contacto
la mirada siempre recae sobre el reloj?
20140329
20140321
Paraguas
Llueve en la ciudad, y con ello todos se esconden en sus refugios.
Cada gota que cae al piso es un recuerdo que se rompe en miles de imágenes, salpicándome la cara de un pasado no tan pisado, de un pasado no tan lejano, de un pasado que no pasó.
De repente bajo el paraguas y decido sentirlas. Antes, cuando el sol me castigaba por el verano, pedía repetidas veces que una lluvia espontanea refresque mi calurosa cabeza. Y ahora, que el fenómeno se está dando en pleno momento, sería hipócrita de mi parte que de ellas me cubra.
Logro ver la luz naranja en lo alto, y como cada diminuta partícula de agua que se interpone entre mi mirada y la luz son ahora vistas como balas perdidas que se pusieron de acuerdo para caer en un mimo lugar. Balas que fueron disparadas por otros, y nunca por uno mismo.
Las ráfagas impredecibles de viento húmedo y frío de vez en cuando distraen mi vista tan concentrada en la nada del piso para dirigirla a la nada de la próxima pared, a la nada de mis zapatos mojados, a la nada del otro poste de luz, o la nada de la nada que observo cuando me esfuerzo en ver eso que allí no está. Percatándome así, que no estoy mirando hacia afuera, sino hacia adentro.
Basta con unos minutos más para que se oscurezca toda mi ropa y que las pequeñas gotas de agua que se adherían a mi rostro ahora formen ríos que caen sin aviso, lavándolo.
Entre tanto mirar sin mirar afuera, y mirar y mirar adentro todo se resuelve cuando logro verme a mi mismo. Ahí, sentado en el banco de la peatonal de una ciudad que parece muerta. Esperando todo aquello que con certeza sabía que no iba a ocurrir, pero que una pequeña e ingenua esperanza me hizo tomar el paraguas para salir a buscar y encontrar, de una vez por todas, una verdad alojada en una sola frase que mi mente razonable repetía sin cesar, pero que un sentir moribundo quería evadir: no va a venir.
[25 de Febrero de 2014]
Ruta
Nubes,
caballos blancos que galopan
sin sentido en el cielo.
Humo,
fantasmas sin formas
de alguna nostalgia ajena
que le agarró gusto al desvelo.
Dientes en una boca
semi-abierta,
puertas que no se abren
fácilmente sin su llave.
Olor indiscreto,
sabanas arrugadas
sin querer queriendo.
Pastillas,
llamar a amigos
mientras están durmiendo.
Cabello oscuro,
sangre en forma
de árboles
decorando una piel blanca.
Juegos,
larga caminata reflexiva.
Lágrimas,
accidente en la ruta
a las cuatro a.m.
Vida,
competencia
del tiro al blanco.
Traición,
el país de nunca jamás.
caballos blancos que galopan
sin sentido en el cielo.
Humo,
fantasmas sin formas
de alguna nostalgia ajena
que le agarró gusto al desvelo.
Dientes en una boca
semi-abierta,
puertas que no se abren
fácilmente sin su llave.
Olor indiscreto,
sabanas arrugadas
sin querer queriendo.
Pastillas,
llamar a amigos
mientras están durmiendo.
Cabello oscuro,
sangre en forma
de árboles
decorando una piel blanca.
Juegos,
larga caminata reflexiva.
Lágrimas,
accidente en la ruta
a las cuatro a.m.
Vida,
competencia
del tiro al blanco.
Traición,
el país de nunca jamás.
[13 de Febrero de 2014]
Fragancia a lavanda
Gigantes montañas crecieron de repente, como por acción de un nuevo big bang en pleno microcentro. Resulta aún costoso como increíble ordenar mi cabeza para pensar y contar el número de personas que viven en unos mismos metros cuadrados. Unos arriba de otros, con escaleras y ascensores que son el camino cotidiano y ya hecho parte de la rutina que te lleva a casa. A casa que no es casa, que trae ese olor salido de una lata que huele a lavanda. Ese olor que no es a padres (que no es a mis padre) que no es olor a comida recién cocinada, de todos los días, impregnada en las paredes y en los manteles. Aquí hay olor a apuntes maltratados y llenos de resaltadores que suponen resaltar lo importante, del capítulo más importante, de libro más importante, del autor más importante, dentro de los otros importantes autores más reconocidos. Ese olor que bien sé que no es olor, y que prefiero llamar fragancia.
Desde arriba se ve todo, pero también todo aquél que se frene y alce la vista logrará verme. No puedo gritar, almorzar desnudo con las ventanas abiertas o poner el volumen de la música en el número ochenta. No puedo tener mascotas, ni azotar las puertas si el día me lo aconseja. Tampoco coger, o dormir a las tres de la tarde, según dicte la ocasión.
Mi patio se reduce a ese hermoso y tan vistoso pedazo de piso con barandas desde el cual veo la gran jungla de cemento. Todo es tan hermoso en la ciudad. Lo que busque se encuentra, lo que no busque también. E incluso es muy habitual que me halle buscando cosas que no quiero encontrar ni por accidente.
Las comodidades antes lujosas son ahora una necesidad primaria. Los sillones post modernos en el living; el cenicero decorativo símil coleccionable, tan inútil como plantas de plástico en masetas con tierra, reposa como centro de mesa en el departamento de alguien que no fuma, como yo. O que si lo hago una pequeña culpa no permite que manche un objeto, en apariencia tan delicado, con algo tan burdo y ordinario como lo son las cenizas. Como muchas veces me siento. Como ahora… una mínima y diminuta ceniza de algo ya quemado y consumido amontonada entre otras millones más. A punto de salir a volar por una que otra pequeña ráfaga de viento, hasta donde su impulso llegue, y esperar que otra me recoja para iniciar otra vez un breve e incierto viaje.
En las paredes hay fotos y fotos de personas que digo me han acompañado a lo largo de mi vida, y otras, que sólo estuvieron en el momento justo, antes de que la cámara dispare. Esas imágenes que representan aquello ausente ahora, aquello que no quiero olvidar por más difícil y dudosa que se ponga mí mente. Olvidando lo mejores momentos de mi vida y reviviendo aquellos que no he podido sepultar.
Esta noche la ruleta rusa se puso en acción sin previo aviso. Aproximadamente tres disparos al aire anunciaron la muerte de alguien inocente, y por quien ahora sus familiares lloran con gritos estridentes.
He querido esto por mucho tiempo, y aún sostengo que lo quiero. Pero esta noche… ver llorar a otros me hace recordar que en casa esto no era llorar, esto se llamaba llover.
[3 de Febrero de 2014]
La otra costa
No es la distancia real lo que determina la cualidad de ésta dificultad. Es más precisamente, lo presente pero imperceptible que existe dentro de esa distancia.
Estoy cerca, pero sé que lo costoso del tramo hará que se vea tan lejos… tanto que mi cara al verlo no procese ninguna mueca de alegría o esperanza.
Entonces, si la corta distancia alienta pero su dificultad intimida ¿Qué se supone que debo hacer?
Miraré y miraré, como lo he hecho ayer y antes de ayer. Planeando e imaginando las diferentes alternativas.
Quizás mañana sea el día. Quizás mañana lo vea todo desde la otra costa.
[28 de Enero de 2014]
Dos pasos torpes
Ambos han estado a menos de cuarenta centímetros de distancia, el uno del otro, durante más de unos diez minutos.
Él con sus auriculares relucientes, en su volumen número ocho sobre diez. Comprados con el objetivo de no escuchar más que su música, alejada de los molestos ruidos de la ciudad. La publicidad era clara: ‘¡No escuches más que lo vos quieras escuchar!’.
Ella con sus lentes oscuros, que le había regalado su ex-mejor-amiga durante las vacaciones a Mar del plata, se esforzaba un poco para ver bien bajo las sombras del pleno día. Le encantaban como le quedaban.
La miraba y no tenía en claro si ella se concentraba en batir su record de escribir más de diez palabras por segundo sobre su celular, hacer ese ruido tan característico cuando se mastica un chicle con la boca semi-abierta (según imaginaba), o si sólo quería relucir sus uñas recién pintadas.
Lo veía y hacía el esfuerzo para intentar reconocer lo poco pero ruidoso que sonaban esos mini-parlantes a todo volumen colgados de su cabeza. Tenía una barba desprolija y una mirada que se enfocaba y paralizaba cada vez que algún solo de guitarra irrumpía en la armonía de la canción. Se preguntó cuál sería su edad, y creía estar en lo cierto si pronunciaba un ‘veinte… veinti algo’. Asumió que esa música no era de su agrado y que, dudosamente, en un futuro tampoco lo sería.
Odiaba no poder ver sus ojos. Lo incomodaba no saber cuándo mirarla y cuándo no, ya que desconocía cuándo ella lo podría estar mirando. Se dedicó unos segundos a maldecir el porqué del uso de gafas de sol en pleno otoño, cuando las hojas construyen alfombras rústicas en las calles y castillos dorados en cada esquina. Consideró gustarle su boca y su nariz. Hasta supuso que también le era de su agrado aquel pequeño y entrometido olor que de ella provenía, ‘un perfume suave’ se dijo.
Esa canción le sonaba familiar. Tenía en la punta de la lengua y a metros de distancia en su memoria el nombre que llevaba... ‘¿Es necesario escuchar tan fuerte la música?’ Se preguntaba con un gesto mudo y quejoso. Aunque no podía decidir si su queja se dirigía aún hacia el volumen o más hacia la laguna mental que se le presentaba al buscar el título de la canción.
Ambos avanzaron unos pasos más en la cola. Acostumbrada a querer aparentar ser una joven solicitada y misteriosa no paraba de mirar su celular para ver la hora y hacer que escribía. Mientras no hacía más que releer una y otra vez el ‘No te olvides de traerme cigarrillos. Besos’ que había sido él último mensaje de su madre hace ya dos horas. Él, por su parte, subió a diez sobre diez el volumen, esa canción que empezaba a sonar era una de sus favoritas. El movimiento de cabeza marcando el ritmo le era inevitable.
Releyendo un conversación que había tenido con una amiga sé lo topó con un pequeño empujón, torpe quizás, al dar dos pasos de más sin advertir que él ya se había detenido hacía unos segundos.
—Uy, diculpame —Le dijo moviendo los labios. Ella seguía molesta con el volumen de la música y sabía que él muy poco la iba a escuchar.
—No, está bien —Dijo al darse vuelta con una sonrisa en la que quiso demostrarle lo muy simpático que podría llegar a ser.
Transcurrió aproximadamente una canción más para él y unos dos mensajes enviados en el celular de ella para que ambos jóvenes dejen de hacer lo que estaban haciendo.
Él apagó su música y bajó sus auriculares para dejarlos reposar alrededor de su cuello, mientras ella tiraba su celular dentro de la cartera y de la forma más disimulada que podía se quitaba las gafas.
Ellos no lo sabían, pero ambos, casi sincronizadamente, empezaban a sonreír.
[26 de Noviembre de 2013]
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