Viento levemente frío. Humedad moderada.
Aún así los vidrios se empañan.
Qué inútil es elegir sentarse al lado de una ventana que en cada sorbo pierde su transparencia.
Blanco, blanquecino, neblinoso. Tanto éste campo de fuerza, que lo separa proponiendo un adentro y afuera, como ese leve humo-vapor que lentamente va penetrando su nariz, transportando en él el aroma tan particular del confort de estar solo y de estar con uno mismo, al mismo tiempo.
Entre tanto la burbuja aromática y reflexiva se va empañando, al igual que el ventanal, las miradas ajenas intentan penetrarla sin mayor intención y esfuerzo. Tal vez por mera curiosidad de lo de inusual de la ocasión.
Pero hubo un par…
Sólo un par que logró desempañar unos pocos centímetros de ella. Y la indefinible estabilidad que se había logrado dentro comenzó a perturbarse.
Unos grandes ojos color café estaban ingresando en propiedad privada, sin querer. Sin siquiera proponérselo.
Entonces él se resistió en vano. Porque mientras la burbuja de a poco se iba cristalizando, en su interior un deseo de mirar afuera, a aquello que lo miraba, cobraba fuerza.
Antes de que se enfríe observó la taza detenidamente.
Tomo el último sorbo, y con él su mirada.
El aroma se esfumó, las reflexiones deflexionaron, y la burbuja se rompió.
[6 de Mayo de 2014]