Que las verdades
sean así, crudas.
Como carne recién cortada,
sangreantes y olorosas.
Que las mentiras sean
nuestras verdades más íntimas.
Las más oscuras,
nuestras mejores máscaras.
Que las palabras sean
ese mar inquieto de historias,
y ese mar muerto de nada,
nuestro.
Así, con nuestras bocas sonando,
sabremos que el otro
no es más que sus palabras...
Y que las palabras, en verdad,
no existen, o sí,
tal como nosotros.
[19 de Mayo de 2016]