20131121

Vomitando flores


 Porque entre más digo, entre más hablo, entre  más callo.
Siento que nada de todo lo que pueda decir, alguna vez, cuando sea, va a ser suficiente para sacar esto que hay adentro.
Una vomitada por la mitad. Lo feo ahora está afuera y en partes adentro, continuando con el malestar.

 ¿Que acaso todo es en blanco y negro, y gris, quizás?
Para qué, dígame usted. Para qué seguir hablando cuando las palabras no cambian, cuando la letras se siguen organizando de la misma forma para formar la misma palabra dentro de la misma oración, dentro del mismo párrafo de éste cuento que más que un escrito ya se vuelve un discurso interminable de un emperador que ya no sabe qué decir para librarse de compromisos que nunca quiso asumir.

 ¿Es usted inteligente? ¿Se siente usted libre? ¿Quién es, en realidad, usted? ¿Oyente o lector? ¿Escritor o payador?
Sí, a vos te hablo. Y ahora que te tuteo podes prestarme atención.

 Mientras más grito al romper cada tecla que presiono con la fuerza de miles de rencores y odios que dan vueltas a mi alrededor, mientras más frunzo el ceño y clavo la mirada cuando una letra aparase en la pantalla, más me doy cuenta que las semillas del odio que escupo al hacer esto hacen crecer lindas plantas alucinógenas en el exterior. Pero siempre queda algo adentro, algo que no alcanzó a salir. Algo que ni el mayor de los talentos, ni el mejor de los teóricos, ni el más experimentado de los artistas podría  haber sacado por completo. Y es eso lo que hace mal, lo que quema por dentro, lo que se percibe como una indigestión y se experimenta como un calvario. Porque esa pequeña semilla que quedó empieza a germinar utilizando los mejores de nuestros recursos internos, y con su raíz nos va penetrando las entrañas haciéndonos gritar de la confusión sintomática.

 Pero ahora detengámonos un segundo.
¿Esto siempre fue así? ¿Qué tal si las semillas que escupimos hace un rato en realidad eran los frutos de la planta (ya árbol) invencible que siempre hemos llevado dentro y que jamás podremos desenterrar? Porque de hacerlo nos quedaríamos sin vida misma...

 El placer y el sufrir no deberían ser antónimos, sino inevitables compañeros, inseparables.
Porque esa planta que llevamos adentro de la cual nos alimentamos para vivir es exactamente el misma con la que nos vamos a envenenar, y con la cual vamos a morir.

Y quizás, eso que nos produce tanto dolor, y nos hace sentir tan próximos y cercanos a la muerte, en realidad, nos está diciendo al oído:
¿Qué tan vivo querés estar?


[12 de Octubre de 2013]

20131103

León de ciudad


… porque el día cae y la noche sube. Los aromas cálidos se apagan y la humedad de las nubes que flotan por lo bajo de esta ciudad hacen que respires agua, que te ahogues en penas inexistentes. Que no distingas entre lágrimas de nostalgia o lágrimas de dolor, respiración de suspiros, gritos de murmullos silenciosos que de a poco en tu mente suben y bajan, suben y bajan. Hasta callarse por completo y dejarte solo de nuevo, pensando en que estás ahí, sentado en el balcón del noveno piso. Dolorido del cuello por intentar mirar las estrellas. Dolorido de la vista por querer evadir las otras estrellas que están abajo, en las calles, en aquella plaza. Esas estrellas fugaces llamadas autos.

Y te creías en ese balcón el león de la selva cuando la mañana sube y miras como el movimiento humano empieza a crecer, con una taza de café en la mano y la vista ya opaca de ver siempre lo mismo.
Pero no ahora. Ahora estas de noche, en medio de tu gran selva. No hay crías que cuidar, no hay hembra que cortejar, no hay presas que atacar, no hay territorio en el cual avanzar. Entonces ¿qué haces, gran león?... ¿salís a cazar un poco de respeto o te quedas quieto esperando que un humano aparezca en tu terreno y te capture para llevarte a la ciudad donde vas a ser atormentados por todos?

León ya no es tan grande, león conoce sus colmillos pero ya no sabe qué hacer con ellos. León grita un poco, se deja caer en la tierra y mientras no deja de mirar hacia arriba, allá en lo alto un pequeño sol blanco se transforma en un espejo, en una fuente de recuerdos que jamás se han borrado de su mente.
Qué difícil ha sido todo esto para mí, se dice.

Es éste el momento donde la leona tiene que entrar en escena para acariciar con su cabeza el pecho de aquél macho, iluminando y dando un poco de calor a esa imagen tan oscura y fría, tan estancada e inmóvil en una noche que pareciera estar detenida en el tiempo. Pero no, no hay leona, no hay calor, no hay caricias, el tiempo avanza y no hay más luz que la que viene de arriba, qué solo puede ser vista en el reflejo de sus grandes ojos ahora brillosos.

León mira y mira, respira y respira. Dentro de su capital, de lunes a viernes él sabe correr, él sabe acechar. Pero los fines de semana se siente tan quieto, que sus músculos le duelen de tanta inmovilidad, de tanta labilidad. Él nunca va a estar preparado a no saber qué hacer, a no hacer.

León cierra los ojos, y piensa que ser un lobo sería lo ideal para poder aullar a más no poder a aquella blanca compañera que se distingue entre las estrellas. Pero un rugido sería desubicado, acá no hay poder, acá no hay soberanía ni imponencia. Acá hay un león... Un león quizás no tan grande, quizás no tan valiente, quizás no tan fuerte, quizás, quizás, quizás. Acá hay un león... solo como un cazador egoísta ya agotado puede estarlo. Situado en la cima, no tan cima, de un todo, tan pero tan todo, que muchas veces para él es nada.


[25 de Agosto de 2013]