Porque entre más digo, entre más hablo, entre más callo.
Siento que nada de todo lo que pueda decir, alguna vez,
cuando sea, va a ser suficiente para sacar esto que hay adentro.
Una vomitada por la mitad. Lo feo ahora está afuera y en
partes adentro, continuando con el malestar.
¿Que acaso todo es en blanco y negro, y gris, quizás?
Para qué, dígame usted. Para qué seguir hablando cuando las
palabras no cambian, cuando la letras se siguen organizando de la misma forma
para formar la misma palabra dentro de la misma oración, dentro del mismo
párrafo de éste cuento que más que un escrito ya se vuelve un discurso
interminable de un emperador que ya no sabe qué decir para librarse de
compromisos que nunca quiso asumir.
¿Es usted inteligente? ¿Se siente usted libre? ¿Quién
es, en realidad, usted? ¿Oyente o lector? ¿Escritor o payador?
Sí, a vos te hablo. Y ahora que te tuteo podes prestarme
atención.
Mientras más grito al romper cada tecla que presiono
con la fuerza de miles de rencores y odios que dan vueltas a mi alrededor,
mientras más frunzo el ceño y clavo la mirada cuando una letra aparase en la
pantalla, más me doy cuenta que las semillas del odio que escupo al hacer esto
hacen crecer lindas plantas alucinógenas en el exterior. Pero siempre queda
algo adentro, algo que no alcanzó a salir. Algo que ni el mayor de los
talentos, ni el mejor de los teóricos, ni el más experimentado de los artistas
podría haber sacado por completo. Y es
eso lo que hace mal, lo que quema por dentro, lo que se percibe como una
indigestión y se experimenta como un calvario. Porque esa pequeña semilla que
quedó empieza a germinar utilizando los mejores de nuestros recursos internos,
y con su raíz nos va penetrando las entrañas haciéndonos gritar de la confusión
sintomática.
Pero ahora detengámonos un segundo.
¿Esto siempre fue así? ¿Qué tal si las semillas que escupimos hace un rato en realidad eran los frutos de la planta (ya árbol) invencible que siempre hemos llevado dentro y que jamás podremos desenterrar? Porque de hacerlo nos quedaríamos sin vida misma...
¿Esto siempre fue así? ¿Qué tal si las semillas que escupimos hace un rato en realidad eran los frutos de la planta (ya árbol) invencible que siempre hemos llevado dentro y que jamás podremos desenterrar? Porque de hacerlo nos quedaríamos sin vida misma...
El placer y el sufrir no deberían ser antónimos, sino inevitables compañeros, inseparables.
Porque esa planta que llevamos adentro de la cual nos alimentamos para vivir es exactamente el misma con la que nos vamos a envenenar, y con la cual vamos a morir.
Y quizás, eso que nos produce tanto dolor, y nos hace sentir tan próximos y cercanos a la muerte, en realidad, nos está diciendo al oído:
Porque esa planta que llevamos adentro de la cual nos alimentamos para vivir es exactamente el misma con la que nos vamos a envenenar, y con la cual vamos a morir.
Y quizás, eso que nos produce tanto dolor, y nos hace sentir tan próximos y cercanos a la muerte, en realidad, nos está diciendo al oído:
¿Qué tan vivo querés estar?
[12 de Octubre de 2013]