20130210

Pequeño hombre

 Dentro de aquél pasear nocturno hallé sin buscar a aquél joven que había visto pocas veces con anterioridad. Se notaba tan confundido entre sus pensares que podía sentirse a distancia el tormento y los insultos de los Por qué, tan repetitivos e intensos, que en él se agitaban. Su espalda y rostro encorvaban su postura. Tarea dificultosa fue lograr percibir el tono rojizo que teñía su cara por el lagrimear salado. Lo vi tan afligido entre lo que debía, quería y sentía en ese momento. Aquel joven estaba luchando consigo mismo, debatiendo sobre si llegaría a algún acuerdo siquiera entre sus partes. La magnitud de su batalla sumada a la impotencia que en mí empezaba a crecer consiguió que mis ojos se encadenen a tan familiar escena... Pero luego, y después de que haya tragado un poco de saliva, un temblor en mis pupilas que no cesaban de brillar me empujó a decirle algo, lo que sea, sin redactarlo con anticipación y sin importar quién sea yo. No podía callarme:

 “Sécate esas lágrimas, y levanta la mirada… No te aflijas, pequeño hombre, porque entre tus idas y vueltas descubrirás que existen muy pocas certezas, y ni siquiera ellas serán duraderas. Sólo deja de buscarlas, ellas no quieren ser debeladas, y muchas otras aparecerán por sí solas.
Ama la libertad, y haz todo por ella. Haz que tu entorno fluya, y siente por sobre todo.
No temas al dolor, él vendrá quieras o no, tan oportuno como una tormenta en verano.
 Sé feliz, joven y audaz. Sé fuerte. Recuerda que crecer implica esfuerzo, sudor y lágrimas. Pero te recompensará al final con gran satisfacción. Cada paso que des hacia adelante, no lo regreses, no te quedes quieto. Nunca te quedes quieto. Y por ningún motivo mires atrás… Sé valiente.”

 El joven no había dirigido ni por un segundo sus ojos hacia mí durante el pronunciar de aquellas palabras que había conseguido sacar sin siquiera respirar. Sólo cuando el silencio anunció que había terminado, me miró. Secó sus lágrimas con el puño de su campera mientras dejaba caer la capucha que cubría su cabeza. Se puso de pié frente a mí y me observó detenidamente. Fue entonces cuando una sensación mágica nos dominó a ambos, la certeza que la acompañaba nos relató en imágenes un pequeño y fugaz resumen de la vida del otro que hasta el día de hoy consigo recordar.

 Logré interpretar una mueca que quizás pudo ser una sonrisa. Sentí su agradecimiento de inmediato, y lo vi alejarse con pasos lentos pero que de a poco iban adquiriendo firmeza. Caminó, y mientras sacaba las manos de sus bolsillos noté que no se había tomado la molestia de mirar hacia atrás. Sonreí deseándole suerte.

 Decidí esperar. Quería que en mi mente quede registrado dicho acontecer, el verlo desaparecer en su caminar sobre aquellas calles iluminadas por el matiz tenue del comienzo de un amanecer invernal.

 Me senté donde él había estado… y me fue inevitable: las lágrimas vinieron a mí.

[1º de Enero de 2013]