20151030

Palabras


Hablame.

Lo que sea
que quieras decir,
sólo hablame.

Llename de palabras,
de relatos,
y pequeños fragmentos
sueltos e incoherentes
de tu cotidianeidad,
tan rutinaria.

Hablame.

Decime todo
aquello que hagas o no,
aquello que quieras y no,
aquello que desees.

Hablame
de lo que fuiste,
de lo que sos y queres.
Hablame,
de lo que sea.

Que tu discurso
invada al mío,
a los míos.
Que la sonoridad
de tu voz calle la mía,
las mías.

Que tus pausas,
sean sólo
para un respiro.

Movilizá
los labios de mi boca.
Focalizá
mi mirada agitada,
dispersa y temblorosa.
Vitalizá
los músculos
que sostienen mi cuerpo.
Despertá
todo aquello
adormecido en mí.

Y todo ello con palabras.

[26 de Octubre de 2015]

20151017

La máquina perfecta


Sumergidos en la mirada del otro, nadábamos desnudos con la confianza de que nada nos hundiría, de que nada nos haría tragar agua. Ahí estaba frente a cada uno el reflejo del otro, que nos hacía ver nuestras grandes auto-imperfecciones, in-completudes, nuestros lugares vacíos y escondites secretos, que siempre disfrazábamos para los demás elaborando diferentes estrategias bien pensadas, estructuradas y justificadas. Sin dejar detalles que nos hagan caer esa gran fachada. Pero jamás logramos hacer eso entre nosotros. Ambos lo sabíamos, ambos lo hacíamos, y ninguno estaba ahí, frente a frente, por lo que el otro decía ser. Buscábamos ese más allá.

Ambos compartíamos las herramientas que el vivir nos había llevado a construir y utilizar hábilmente, y juntos éramos más poderosos. El uno compensaba al otro, nos respaldábamos, nos reforzábamos. Juntos conformábamos la máquina perfecta.

Creíamos que existía una esencia en común que nos habitaba, y lo era nuestra soledad. La que decíamos que nos definía, las que nos proponía una particular forma de ser en este mundo. La que nos hacía pensar como muchos, pero siendo uno solo, y siendo varios uno a la vez. Escuchando nuestras propias voces, nuestros propios yo. Estábamos convencidos de encontrar en todo momento la razón por la que nos sucedía lo que nos sucedía, y todos los porqué, los para qué, los cómo se nos eran rebelados como un resultado merecido luego de tanto arduo trabajo intelectual y existencial.

Solíamos vernos como castillos de arena que se construían, desarmaban y reconstruían. Cada grano de arena era una palabra aunada a miles de imágenes que unas pegadas a otras nos hacían ver un cuadro, una escena inestable de lo vivido y por vivir. Nos armábamos con sudor y saliva, hasta dejarnos secar por el sol y que el viento nos empuje a la destrucción. A la nueva edificación.

Sin embargo, tanto éramos lo que éramos que de a poco dejábamos de ser y conservar nuestra esencia última, aquello que no podíamos dejar de ser, aquello que no debería y que tampoco puede. Poco a poco nos dimos cuenta que nuestras soledades individuales al juntarse no hacían más que potenciar la otra, que si bien nos gustaba que nuestro uno más uno no haga un dos, sólo hacíamos un uno más grande; un agujero negro aún más profundo. Porque jamás dejaríamos de ser lo que en un principio fuimos y que nos atrajo: solitarios.

Como la arena fuimos cayendo, grano por grano, confundiéndonos una vez en el suelo con los demás, sin distinguirnos. La marea sólo obedecía órdenes, y esta vez la luna ya no estaba de nuestro lado, yo no estaba en su plan seguir iluminándonos. 

Una noche lo supimos. No habría otra forma de que esto finalice, y vimos lentamente como el agua empezaba a tocarnos. Nos encontramos sumergidos ya sin mirada, ciegos hasta de lo que cada uno era.

Y pensar que tiempo atrás nadábamos desnudos con la confianza de que nada nos hundiría, de que nada nos haría tragar agua. De que éramos la máquina perfecta.

[17 de Octubre de 2015]